viernes, 10 de abril de 2015

Asesinos Seriales: La mata viejitas - Juana Barraza

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La caótica Ciudad de México sigue brindándonos sorpresas día a día, no sólo por cuestiones sociales o políticas sino también policíacas, es un hecho que varios de los casos más sonados de la Nota Roja se han originado en la capital del país, desde la recordada Banda del Automóvil Gris pasando por Goyo Cárdenas, hasta la tamalera Trinidad López o el sorprendente caso de una anciana que intentó robar un banco. Sin embargo, la caja de sorpresas nos tenía preparado algo muy especial.

Un poco de historia

El miércoles 7 de enero de 2004, la PGJDF (Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal) en voz de su titular, el Mtro. Bernardo Bátíz, da a conocer la posible existencia de un asesino en serie en pleno Distrito Federal, el procurador señaló la aparición de cuatro homicidios de características similares. Detalló que el homicida elige a sus víctimas entre mujeres solas de la tercera edad, llega a sus domicilios presentándose como enfermera o trabajadora social del D. F. y les ofrece servicios de salud o ayuda económica; una vez que logra ingresar a sus casas, les toma una falsa encuesta y promete regresar algunos días después, durante la segunda visita las ancianas son estranguladas con el cable de algún aparato electrodoméstico.
De inmediato la prensa comenzó a llamar al homicida como «Mata Viejitas».
Las primeras versiones periodísticas sumaban a lo declarado por Bátiz nuevos elementos como: muerte por golpes y puñaladas, por arma de fuego o estranguladas con el cable telefónico o con unas medias, (clara referencia al «Estrangulador de Boston»), también se manejó que los homicidas realizaban el robo de pequeñas pertenencias de la víctima (posiblemente a manera de fetiches).
Las investigaciones periodísticas resaltaron que los homicidios habían comenzado un año atrás:


  • Primer caso: El 27 de marzo de 2003, una mujer que fue asesinada y encobijada en su domicilio de la Colonia Jardines de San Juan, en la delegación Tlalpan. El crimen contra Epifanía Salinas Santos fue perpetrado en su domicilio, localizado en la calle Estrella, entre Brisa y Lluvia, en la citada colonia. Los responsables le dispararon a la mujer con un arma de fuego, luego de ello envolvieron el cadáver en una cobija y finalmente saquearon la vivienda.
  • Segundo caso: Otra mujer fue encontrada el mismo mes en su domicilio, ubicado en la calle Norte 66 número 3516 de la colonia Mártires de Río Blanco, Delegación Gustavo A. Madero. El cuerpo presentaba heridas por arma punzocortante en el cuello.
  • Tercer caso: Un asesinato más fue perpetrado contra otra mujer en su hogar en la delegación Xochimilco. En la casa marcada con el número 14 de la calle Zacatepexpan, del barrio La Asunción, fue descubierto el cuerpo de una mujer en avanzado estado de descomposición, dentro de un closet.
  • Cuarto caso: Un crimen más fue el ocurrido contra otra viejecita el pasado 14 de diciembre, perpetrado también en su domicilio, ubicado en la esquina de Marroquí y Ribera, en la colonia Guadalupe Insurgentes, delegación Gustavo A. Madero. En esa casa fue asesinada una mujer de 70 años de edad, identificada como Estela Viveros, quien luego de ser golpeada, fue estrangulada con una media.
  • Quinto caso: Otra mujer de 80 años de edad, quien fue encontrada golpeada y estrangulada con una media, crimen que ocurrió el 3 de marzo del 2003. Este otro asesinato también fue cometido dentro del departamento de la ahora occisa, marcado con el número 2, en la calle de Barcelona número 19, colonia Juárez, delegación Cuauhtémoc.

Las versiones de la Procuraduría y de los medios chocaban, «La Prensa» hablaba de seis homicidios, «El Metro» de nueve y las autoridades de cuatro; mientras el periódico ubicado en Paseo de la Reforma mencionaba casos en Xochimilco o Tlalpan, la PGJ decía que sólo eran en Coyoacán, Benito Juárez, Azcapotzalco y Miguel Hidalgo.
Sin embargo, había algunos elementos en que toda la información coincidía y demostraba la existencia de un o una serial killer:
  1. Todas las víctimas vivían solas.
  2. Los homicidios se realizaban en los propios domicilios de la víctima.
  3. Todas las mujeres fueron asesinadas por estrangulamiento.
  4. La edad de las mujeres superaba los 80 años en la mayoría de los casos.
  5. Siempre se observó a una mujer robusta vestida de enfermera en el hogar de las ancianas.
Araceli Vázquez García

Aparentemente a la PGJDF le urgía esclarecer la serie de homicidios que estaba alimentando el miedo colectivo y surtía de material a los diarios sensacionalistas, que en más de una ocasión colocaron en sus ocho columnas la frase «asesino en serie suelto». Ante esta presión mediática, la institución en cabezada por Bernardo Bátiz captura el 1 de abril de 2004 a Araceli Vázquez García, y la señala como presunta responsable de los asesinatos de ancianas.
Araceli Vázquez, de 39 años de edad, fue detenida en Avenida del Trabajo No. 25, colonia San Lucas Acolman, municipio de Acolman, Estado de México. La PGJ la detiene debido a una huella digital recogida de un vaso en casa de Gloria Enedina Rizo, quien fue asesinada el 28 de octubre de 2003. Al ser detenida, la inculpada tenía consigo un anillo y un reloj propiedad de la víctima, así como varias boletas de empeño supuestamente de objetos robados a otras ancianas estranguladas. La detenida fue identificada por cuatro personas que fueron engañadas con la promesa de recibir credenciales de apoyo y sufrieron robos en sus domicilios.

Vázquez García reveló que desde principios del 2002 planeó cometer estos delitos, confesó ser culpable de casi 20 robos a personas de la tercera edad, dijo que acudía a sus domicilios y se presentaba como doctora del Programa para Adultos del gobierno del D. F., utilizaba una peluca y tres batas de enfermera y gracias a su labia conseguía ganarse la confianza de sus víctimas que seleccionaba en multifamiliares, parques o estaciones del Metro. Expuso que operaba en distintos puntos de la ciudad como: Miguel Hidalgo, Benito Juárez, Gustavo A. Madero y Cuauhtémoc, y en las colonias Obrera, Tacubaya, Lindavista, Condesa y la Unidad Habitacional Juárez.
Finalmente Araceli es detenida e inculpada de robo y solamente un asesinato, no se la ha podido fincar responsabilidad de los cerca de 14 asesinatos que restan. De hecho, Vázquez García jamás admitió haber asesinado a nadie, en alguna ocasión declararía que ni siquiera aceptaba las invitaciones a comer por parte de las ancianas, «era demasiado robarles como para todavía compartir la mesa con ellas».
Casi 10 días después de la detención de Araceli Vázquez fue encontrada en la colonia Clavería otra anciana estrangulada, María del Carmen Cardona Rodeo.




Juana Barraza «La mata viejitas»

A lo largo de la historia del «mata viejitas» fueron capturados tres presuntos asesinos: Araceli Vázquez, Jorge Tablas y Juana Barraza Samperio, los dos primeros siguen siendo procesados por doble homicidio de mujeres de la tercera edad, mientras que Juana Barraza es señalada públicamente como la verdadera mata viejitas y está bajo proceso por diez homicidios.
Después de más de 20 ancianas muertas el 25 de enero de 2006, fue capturada Juana Barraza por elementos de la Policía Preventiva, minutos después de que dio muerte a Ana María de los Ángeles Reyes, de 82 años de edad. Barraza Samperio se desempeñaba como vendedora de palomitas en las funciones de lucha libre y en ocasiones también la hacía de luchadora bajo el nombre de «La Dama del Silencio».



Juana Barraza Samperio: "La Mataviejitas" y sus crimenes:

“Cuando esta señora sea famosa, tú vas a poder decir que estuviste en su casa, que te tomaste una cerveza con ella. Su nombre de batalla es ‘La Dama del Silencio’. No lo olvides”.
Víctor Ronquillo. Ruda de corazón


Juana Dayanara Barraza Samperio nació el 27 de diciembre de 1958 en la ciudad de Pachuca de Soto, Hidalgo (México). Jamás conoció a su padre, Trinidad Barraza Ávila, nacido en Santa Mónica, Hidalgo, quien se dedicó a pastorear chivas y a procrear hijos; más de treinta y dos, según él mismo contó en una entrevista. En 1945, Trinidad Barraza conoció a una prostituta adolescente llamada Justa Samperio, de trece años de edad, en un centro nocturno de Pachuca, Hidalgo. Él tenía dieciocho o diecinueve años de edad. Se llevó a Justa a vivir con él. “Ella me platicó que su fracaso había sido por las malas mancuernas, por las malas compañías que la habían ido a vender a ese centro nocturno que ya no existe”, diría él años después. Trinidad tuvo dos hijas con Justa: Ángela y Juana. En ese tiempo tenía un ganado de borregas de lana. Pero su vida en pareja empezó a hacer crisis, porque a ella no le gustaban las ausencias de él. En ese entonces, Trinidad también trabajaba como cobrador de camiones. Además laboró en una fábrica y después fue policía judicial en Pachuca y en la presidencia de Epasoyucan, en donde llegó a ser comandante por nueve años. Trinidad y Justa vivieron cuatro o cinco años juntos. Un día, al regresar a su casa, ella se había ido. Dejó a Ángela, que entonces tenía unos dos años de edad, con unos tíos. Y a Juana, de dos o tres meses de edad, se la llevó consigo. “A mí no me tocó ni registrarla siquiera”, diría años después Trinidad. Ángela vivió con él y hoy reside en Tepiapulco, Hidalgo.



La madre de Justa vivía en Villa Margarita, Hidalgo, y era amante de un hombre casado, Refugio Samperio. Ese mismo hombre se convertiría en amante de su hijastra, Justa, y en padrastro de Juana Barraza Samperio. Su padrastro fue la figura buena que tuvo, del cual ella aprendió a ser una madre, no cariñosa, pero sí responsable. En todo ese tiempo y a pesar de vivir en la misma casa, Juana Barraza y su madre no se hablaban. Cuando contaba con doce años de edad, su madre la cambió por tres botellas de cerveza; fue violada y obligada a servirle sexualmente a un hombre, José Lugo, durante cuatro años; tuvo un aborto a los trece años y a los dieciséis quedó embarazada nuevamente. Poco después, su madre murió de cirrosis hepática a causa de su alcoholismo. Su padrastro, a quien Juana profesaba un gran cariño, falleció cuando ella tenía treinta años.

Juana nunca aprendió a leer ni a escribir. Tras separarse del hombre que fue su dueño desde niña, Barraza se fue a vivir a la Ciudad de México y tuvo dos parejas más, ambos alcohólicos; uno de ellos acostumbraba golpearla cada vez que estaba borracho. Otro trabajaba como chofer de transporte urbano, pero en realidad era un sicario que desapareció misteriosamente; los rumores decían que lo habían matado. A los veintitrés años se casó con Miguel Ángel Barrios García, con quien procreó una hija: Erika Erandi Barrios Barraza; se separó a los veintisiete años. De los treinta a los cuarenta y uno vivió con Félix Juárez Ramírez, con quien supuestamente tuvo a José Marvin y Emma Ivonne Juárez Barraza. Se separó de él, y de los cuarenta y dos a los cuarenta y ocho años, cuando fue detenida, vivió solamente con sus hijos. El hijo mayor de Juana, José Enrique Lugo Barraza, murió a causa de la agresión de una pandilla que lo asaltó: lo mataron a batazos en plena calle. Tenía veinticuatro años.

Juana Barraza se dedicó mucho tiempo a la lucha libre. Primero vendía palomitas de maíz durante los espectáculos; luego, bajo un antifaz con forma de mariposa y un disfraz de color rosa, adoptó el sobrenombre de “La Dama del Silencio” y se subió al cuadrilátero; adoptó ese nombre, según declaró, porque era “muy callada y aislada”. Trabajaba los fines de semana en arenas chicas y en eventos en pueblos y ciudades pequeñas, donde la llevaba un representante. Se definía como “ruda de corazón”. Luchó en Puebla, Tlaxcala, Toluca, Querétaro, Pachuca y la Ciudad de México. Ganaba entre $300.00 y $500.00 pesos por pelea. “Entrenaba dos veces por semana. Levantaba pesas, hacía abdominales. Llegaba a levantar hasta cien kilos, hacía cuatro series de diez cada una. También corría, bajaba y subía escaleras”, declaró.



Juana Barraza Samperio ataviada como “La Dama del Silencio”




Por ese tiempo se convirtió en adoradora de la Santa Muerte, una figura sincrética. Acostumbraba visitar el Mercado de los Brujos en la Ciudad de México, donde le leían las cartas y le vendían ungüentos para combatir sus constantes dolores de espalda. Una bolsita de malla con trozos de canela era su amuleto de la buena suerte; siempre lo cargaba. Lo mismo una herradura y una pequeña placa metálica con su nombre de luchadora. En su altar estaba también Jesús Malverde, el santo de los narcotraficantes. Según rumores, se robó a dos niños haciéndose pasar por enfermera, a los cuáles adoptó y registró como si fueran hijos suyos. Además de luchar, vendía gelatinas, calcetines y comida para mantenerlos. Un tiempo trabajó como afanadora y como obrera en una fábrica de chocolates; el oler constantemente el cacao hizo que siempre odiara los chocolates.

A los cuarenta y tres años, se retiró de la Lucha Libre, aunque se convirtió en promotora de otros luchadores, a quienes llevaba a los pueblos. Pero fracasó. La vida se fue complicando para ella. Las carencias y la falta de empleo causaron que un día comenzara a fantasear con obtener dinero de manera ilícita.

Juana inició su carrera delictiva entre 1995 y 1996. Robaba artículos pequeños en tiendas y autopartes. Después comenzó a asaltar transeúntes; utilizaba una pistola de juguete para amedrentar a sus víctimas. Más tarde se dedico al robo a casa habitación. Las primeras ocasiones en que Juana Barraza robó, vivía en el número 302 de la calle Guadalupe, colonia Alfredo del Mazo, en Valle de Chalco, Ciudad de México. Acababa de nacer José Marvin, el último de sus cuatro hijos. Estaba desesperada por poder mantener a su familia.

Durante ese tiempo, una mujer llamada Araceli Tapia Martínez, quien era la comadre de Juana Barraza, la ayudaba a lavar la ropa y a realizar la limpieza de la casa. Barraza la invitó a cometer atracos a domicilios de personas de edad avanzada. Idearon juntas una estratagema: vestidas como enfermeras, con batas, pantalones y blusas blancas, ambas buscaban domicilios de ancianos y los engañaban con el argumento de ayudarles a cobrar sus pensiones. Pero en lugar de apoyarlas, les robaban los objetos de valor que estaban a la vista.



Araceli Tapia Martínez
La comadre de Barraza dejó de acompañarla poco tiempo después. Ella sola siguió con los robos a ancianos. Un Comandante de la Policía, Moisés Flores Domínguez, se dio cuenta de aquello y comenzó a extorsionarla. La visitaba en su departamento y ella tenía que pagarle sumas variables a cambio de que él no la denunciara. Eso duró varios años. Juana Barraza estaba cada vez más desesperada.
La temporada de caza de ancianas en la Ciudad de México inició mucho antes de que Juana Barraza cometiera su primer asesinato. Aunque los asesinatos de ancianas comenzaron desde 1998, no fue sino hasta 2004, seis años después, cuando la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) comenzó en serio la búsqueda de los responsables. La primera anciana asesinada fue María Amparo González, quien fue estrangulada con un cable eléctrico en su departamento de la Unidad Modelo. Ese caso nunca se resolvió.



Los asesinatos de ancianas por año (click en la imagen para ampliar)



El nuevo ataque de la serie ocurrió en la Colonia Álamos, un domingo de 2002. Una anciana fue atacada en su domicilio por un hombre que acababa de salir del Reclusorio Oriente tras cumplir una condena por robo: Alejandro Ovando Salvatierra, de veintiséis años. Ovando llevaba un trapo en la mano, con el cual intentó taparle la boca. Ella se defendió. Como resultado, el hombre comenzó a golpearla. Ovando tomó unas tijeras y trató de clavárselas en el cuello, pero ella seguía defendiéndose. Él le arrancó la bata que llevaba puesta y luego la despojó de la ropa interior. Ella gritó que estaba enferma de SIDA, pero a él no le importó: la violó vaginal y analmente. Luego trató de estrangularla con su brassier y con unas medias. Robó una grabadora y $100.00 pesos. La mujer sobrevivió y pudo pedir auxilio, así como describir a su agresor. El 23 de julio, la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) presentó ante los medios de comunicación a Alejandro Ovando Salvatierra como el supuesto asesino de ancianas a quien ya se conocía en los medios como “El Mataviejitas”.

El segundo homicida fue Roberto Gustavo Gómez Sánchez, quien se hacía pasar por enfermero para entrar a las casas de las ancianas y les robaba dinero, joyas e inclusive chequeras y tarjetas de crédito o débito. Su novia, Alejandra Aquino Sánchez, se ocupaba de colocar la mercancía robada en el mercado negro. Muchas de las ancianas fueron maltratadas y algunas murieron. Su última víctima se salvó porque se encontraba enferma y su familia la trasladó a un hospital. Aún así, allanaron su casa y robaron sus cosas; los atraparon cuando trataron de cobrar un cheque después de que el robo había sido descubierto.

El 28 de septiembre de 2002, Guillermo Ibarra García Buenrostro llegó a cuidar a su madre enferma, Rafaela Buenrostro, de ochenta y cuatro años de edad. Por alguna razón, comenzaron a discutir. Guillermo Ibarra perdió la razón: tomó a su madre, la alzó en vilo y la dejó caer, de espaldas, sobre su rodilla: era una técnica conocida en la lucha libre como “La Quebradora”. Le partió la columna vertebral, le fracturó la pelvis y el fémur. La mujer murió cuatro días después. Pero su sobrina, una niña que se había quedado a dormir, presenció el crimen: los gritos de su abuela la despertaron y pudo decirle a la policía quién había sido el asesino. Huyó y fue capturado tres años después, en Guanajuato.
Poco después, en la calle de Jesús María, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, otra mujer fue atacada pese a sus setenta y nueve años de edad. Llamaron a su puerta muy temprano; ella supuso que se trataba del lechero y abrió sin preguntar quién era. Un hombre de cuarenta y dos años, José Cuauhtémoc Sánchez, la empujó y entró por la fuerza. Le exigió el dinero y las joyas, y la mujer comenzó a gritar. El ladrón intentó estrangularla. Luego le arrancó de las orejas los aretes de oro que portaba; la anciana gritó de dolor y los vecinos la escucharon. Llamaron a la policía. Los agentes llegaron y José Cuauhtémoc Sánchez trató de escapar por las azoteas. Lo persiguieron y capturaron: llevaba un cable de un metro, para estrangular a sus víctimas. No era el primer ataque; los periódicos ya hablaban de “El Mataviejitas”, un oscuro asesino serial que se ensañaba con las ancianas.



Primer retrato robot de Juana Barraza



El lunes 25 de noviembre de 2002, Juana Barraza Samperio cruzó la línea. Vestida como enfermera y haciéndose pasar por una trabajadora social, llegó a la casa de María de la Luz González Anaya, una mujer de sesenta y cuatro años de edad, quien vivía en la Calle G, Edificio 18, Departamento nº 44, en la Colonia Alianza Popular Revolucionaria de la Delegación Coyoacán. Tras convencerla para que la dejara entrar, la anciana empezó a quejarse de sus problemas. Luego, por un motivo nunca descubierto, maltrató verbalmente a Juana Barraza; ella se enfureció.



María de la Luz González Anaya



Todas las presiones, las frustraciones, los recuerdos, explotaron en aquel instante. Golpeó a la mujer con furia, aplicándole algunas de las llaves de lucha libre que conocía tan bien. Tras arrojarla sobre un sillón, la estranguló con sus propias manos. Dejó allí el cadáver y se dedicó a desvalijar el departamento. Luego se marchó. El cadáver fue hallado por Esteban Sánchez Reséndiz, yerno de la mujer.
La policía lo tomó como un asalto a casa habitación con uso de violencia. Atribuyeron el crimen a un hombre. Nadie lo sabía, pero el largo reinado de terror de Juana Barraza Samperio en la Ciudad de México había comenzado; había nacido el personaje principal, aunque no el único, a quien los medios de comunicación bautizarían tiempo después como “La Mataviejitas”.
El 2 de marzo de 2003, Juana Barraza dio su siguiente golpe. Entró a la casa ubicada en Barcelona nº 19, departamento 2, en la Colonia Juárez.

Allí vivía Guillermina León Oropeza, de ochenta y cuatro años de edad. Barraza la estranguló con sus manos y la dejó encima de un sillón de la sala. Luego revolvió la casa buscando joyas y dinero.



Guillermina León Oropeza


 El viernes 25 de julio de 2003, “La Mataviejitas” asesinó a María Guadalupe Aguilar Cortina, de ochenta y seis años de edad, quien vivía en Torres Bodet nº 75, Colonia Santa María La Rivera. Con el pretexto de darle un masaje en las piernas, logró introducirse a su domicilio. La mató en la recámara, donde un enorme espejo reflejaba lo que ocurría en dos camas gemelas separadas por un buró. Luego revisó todo, haciendo un tiradero. Se llevó joyas y dinero. En una muestra de desprecio, arrojó sobre el cadáver de la anciana los papeles y ropas que iba sacando de un enorme ropero.



María Guadalupe Aguilar Cortina


El 9 de octubre de 2003, le tocó el turno a María Guadalupe de la Vega Morales, de ochenta y siete años de edad. Ella vivía en Calzada Becerra nº 109, Interior 102, Colonia 8 de Agosto, en la Delegación Benito Juárez.



María Guadalupe de la Vega Morales



A ella le sujetó los brazos a la espalda, con tanta fuerza que se los fracturó. Luego la amarró y la estranguló, dejando su cuerpo tirado en el piso. Barraza forzó una caja fuerte que la víctima poseía.

El viernes 24 de octubre de 2003, a las 13:10 horas, Juana Barraza, con engaños, consiguió ingresar a la casa ubicada en Cerro del Crestón nº 25, Colonia Campestre Churubusco, en la Delegación Coyoacán. Allí vivía sola María del Carmen Muñoz Cote de Galván, de setenta y ocho años de edad.



María del Carmen Muñoz Cote de Galván


Barraza esperó hasta que la mujer se descuidó para atacarla por la espalda; la estranguló con un estetoscopio y la dejó tirada en el piso de la cocina. Luego forzó una caja fuerte que la muerta tenía, en la cual guardaba joyas, dinero y algunos documentos.

La primera mujer identificada por la policía como “La Mataviejitas” fue Araceli Vázquez García, una regordeta mujer de cuarenta años. Abordaba a las ancianas en los parques o en las estaciones del Metro y se hacía pasar por trabajadora social del Programa para Adultos del Gobierno del Distrito Federal. Si las víctimas vivían solas, les ofrecía tarjetas para despensa o bonos económicos. Las visitaba en su domicilio, se informaba sobre su situación financiera y luego las sometía, obligándolas a entregarle las joyas y el dinero.



Araceli Vázquez García



Primero se limitaba a robarles, pero luego perdió el control. Comenzó a maltratarlas, a golpearlas y finalmente a asesinarlas. Sus víctimas vivían en las colonias Del Valle, La Condesa, Obrera y Juárez.

El 28 de octubre de 2003 a las 15:45 horas, mató a Gloria Enedina Rizo Ramírez, de ochenta y un años, quien vivía en la Cerrada de Adolfo Prieto nº 14, en la Colonia del Valle.



Gloria Enedina Rizo Ramírez


La última víctima de Araceli Vázquez García fue María Margarita Aceves Quezada, de setenta y cinco años de edad. Fue estrangulada en su departamento de la Unidad Habitacional Cuitláhuac, en Azcapotzalco. El asesino había revuelto el lugar y se había llevado dinero y joyas. Araceli dejó una huella digital en un vaso; por esa huella lograron identificarla y capturarla. En su domicilio aún guardaba parte del botín de varios ataques previos. La arrestaron el 7 de marzo de 2004. Ella siempre negó que hubiera matado a alguien, aunque aceptó los robos. "Yo no maté, yo no maté, sí robé, no es justificación tampoco, es algo bien grave pero nunca maté a nadie, esa es mi realidad yo espero que Dios me ayude, que me ayude de verdad, porque sólo quiero una oportunidad de irme", declaró. Fue sentenciada a veintitrés años de prisión.

El martes 4 de noviembre de 2003, a las 21:30 horas, Juana Barraza Samperio atacó de nuevo. Fue en Extremadura nº 50, Interior 10, Colonia Insurgentes Mixcoac, en plena Delegación Benito Juárez. Con engaños se ganó la confianza de Lucrecia Elsa Calvo Marroquín de ochenta y cinco años de edad, haciéndose pasar por empleada de la Secretaría de Salubridad y Asistencia.

Una vez en su casa, la estranguló con un cordón; fue tan violento el ataque, que cortó profundamente la piel del cuello y el rostro de la mujer quedó totalmente violáceo. Luego la dejó tirada sobre la cama, mientras se dedicaba a vaciar los cajones. Anteriormente había robado en el departamento de Emma Régules Genesta, quien vivía en el mismo edificio.



Lucrecia Elsa Calvo Marroquín

Para el miércoles 19 de noviembre de 2003, hacia las 18:33 horas, “La Mataviejitas” asesinó a Natalia Torres Castro, de ochenta y cinco años de edad, en su domicilio ubicado en Privada Reforma nº 40, Colonia Villa Coyoacán. Al salir, algunos testigos vieron a Juana Barraza, vestida de enfermera, llevando una bolsa de plástico con lo robado a la mujer.


Natalia Torres Castro

El viernes 28 de noviembre de 2003 a las 10:10 horas, “La Mataviejitas” efectuó un nuevo ataque. Esta vez en la Cerrada Eugenia nº 36, en la Colonia Del Valle. Su víctima fue Alicia Cota Ducoin, de setenta y seis años de edad. Le ofreció “ayuda económica para adultos mayores”.


Alicia Cota Ducoin


El cadáver quedó tirado en el suelo, con los brazos aún en posición defensiva. Vestía una bata y un pijama. También fue estrangulada. Barraza otra vez revolvió todo en busca de objetos de valor. Luego dejó de matar por varias semanas.

Matilde Sánchez Gallegos, enfermera del ISSSTE, de cuarenta y seis años de edad, fue capturada el 9 de enero de 2004 en una sucursal bancaria, acusada de ser “La Mataviejitas”. Tuvieron que intervenir amigos, familiares y colegas para impedir que Matilde se convirtiera en una culpable fabricada por la policía. Bloquearon incluso la Calzada de Tlalpan. Era sospechosa de haber asesinado a María Margarita Quezada.



Matilde Sánchez Gallegos


Sus compañeros de trabajo aseguraron que Sánchez Gallegos se había sometido en noviembre de 2003 a una histerectomía, por lo que estuvo convaleciente más de un mes. La Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) estaba dispuesta a elaborar un proyecto de recomendación para la PGJDF porque prácticamente fue exhibida como “La Mataviejitas”, con el propósito de que pidiera la reparación del daño y una disculpa pública. Pero, temerosa de la policía y sus métodos, Matilde no quiso seguir adelante con la denuncia.

Juana Barraza volvió a atacar hasta el 20 de febrero de 2004, a las 15:10 horas, en la calle Santa Veracruz nº 53, Interior H-101, Colonia Guerrero. Haciéndose pasar otra vez por enfermera, obtuvo acceso a la casa de Alicia González Castillo, de setenta y cinco años de edad. Ella era dueña de un perro, a quien dejó afuera del departamento para poder atender a la asesina sin problemas.


Alicia González Castillo
Ante la mirada impasible de las muñecas que la anciana coleccionaba, Barraza la golpeó y después la estranguló. La dejó sobre la cama destendida, robándose todo lo que encontró y que tuviera algún valor económico. Cuando la policía llegó, el perro entró deprisa, se subió a la cama y se quedó allí, cuidando el cadáver de su ama.

El miércoles 25 de febrero de 2004, un nuevo asesinato se llevó a cabo. Ahora fue en la casa de Andrea Tecante Carreto, de setenta y cuatro años, quien vivía en el Edificio 56, Departamento 101, en la Unidad Habitacional Linda Vista Vallejo.
También la atacó en la recámara, dejó el cadáver sobre la cama y luego forzó una cajita de metal que la anciana guardaba celosamente, donde había algunas joyas de escaso valor.

Ana María Tecante Carreto
El sábado 20 de marzo de 2004 a las 14:10 horas, logró granjearse la confianza de una mujer conocida por su reserva para con los extraños: Carmen Cardona Rodea, de setenta y seis años de edad, quien vivía en la calle Alejandría nº 61, Colonia Clavería.

A ella la golpeó y después la estranguló con un cordón, dejándola encima de un sillón, donde fue hallada más tarde por su nieto y por un sobrino.

Menos de una semana después, el viernes 26 de marzo de 2004 a las 22:00 horas, Juana Barraza logró ingresar al domicilio de Socorro Enedina Martínez Pajares, de ochenta y dos años de edad, con domicilio en Dr. Atl nº 164, Departamento 402, Colonia Santa María la Rivera. Tras hablar un rato con ella, la golpeó en el rostro y después la estranguló con un cordón, dejando el cadáver tirado en el piso de la recámara.

Para el 24 de mayo de 2004, “La Mataviejitas” asesinó a Guadalupe González Sánchez, de setenta y cuatro años de edad, con domicilio en Diamante nº 136, Colonia Estrella. Se hizo pasar por enfermera y la golpeó con saña, arrojándola luego sobre un sillón, utilizando una técnica de lucha libre. Luego la estranguló con dos cordones de plástico, de color amarillo y rojo, los cuáles dejó amarrados alrededor del cuello del cadáver. Sólo encontró un poco de dinero.

Un mes después, el 25 de junio de 2004, le tocó el turno a Esthela Cantoral Trejo, de ochenta y cinco años de edad, quien vivía en Paz Montes de Oca nº 19, Edificio F, Departamento 303, Colonia General Anaya. Era una mujer sociable, que acostumbraba salir a platicar con sus amigas. La anciana recibió a su asesina en la sala, le invitó un café y conversó amigablemente con ella. Cuando Juana Barraza le ofreció darle un masaje en sus piernas doloridas, ella aceptó sin dudarlo y esta  aprovechó un descuido para colocarse detrás de la mujer y estrangularla con un estetoscopio, hasta que los oídos de la víctima comenzaron a sangrar. La dejó sobre un sillón y arrojó sobre el cadáver un tapete de forma circular. Luego registró la casa y se robó lo que había. Encima de la mesa del comedor, Barraza dejó el bolso de su víctima, ya sin dinero.

El 1 de julio de 2004, Barraza asesinó a Delfina González Castillo, de noventa y dos años, quien tenía su domicilio en Avenida Jalisco nº 280, Colonia Tacubaya. Barraza le dio una golpiza, luego la estranguló y la dejó tirada en el piso de su recámara. La anciana acostumbraba pelear mucho con su hijo, Ricardo Morales González, un conocido adicto a la marihuana y a la cocaína. Fue él quien encontró el cadáver de su madre. La policía lo consideró sospechoso al principio de la investigación.

Apenas dos días después, el 3 de julio de 2004 a las 17:30 horas, Barraza volvió a atacar: estranguló a María Virginia Xelhuatzi Tizapán, de ochenta y cuatro años de edad, cuyo domicilio se ubicaba en Playa Copacabana nº 44, Col. Reforma Iztlacíhuatl. Allí sí consiguió un buen botín. Tras matar a la mujer, la dejó sentada en una silla del comedor, vencida por su propio peso y con la espalda arqueada. Como un guiño burlón, en otra silla colocó sentada a una muñeca negra que perteneció a su víctima.

Pasaron dieciséis días. El lunes 19 de julio de 2004, “La Mataviejitas” llegó hasta la casa ubicada en Salama nº 546, Colonia Valle del Tepeyac. Allí vivía María de los Ángeles Cortés Reynoso, de ochenta y cuatro años de edad. Recibió a Barraza creyendo que se trataba de una trabajadora social. Ya en la sala, Juana atacó a la anciana, le golpeó el cuerpo y el rostro y después la estranguló con un cinturón. Por la violencia del ataque, una prótesis dental quedó sobre el tapete, junto al sillón donde Barraza dejó el cadáver. La efigie de una Virgen que estaba sobre la mesa de centro fue testigo de todo; varias veladoras seguían encendidas cuando la policía encontró el cuerpo.

Pasó más de un mes y medio entre un ataque y otro. Pero el lunes 31 de agosto de 2004, a las 12:50 horas, Barraza entró a la casa ubicada en Retorno 107, Oriente 160, nº 8, de la Unidad Modelo, en la Delegación Iztapalapa. Allí, conversó un rato con Margarita Martell Vázquez, de setenta y dos años de edad, quien la invitó a comer, invitación que Barraza declinó. “La Mataviejitas” le habló acerca de los supuestos apoyos económicos del gobierno que podía tramitar para ella.

Cuando la anciana se descuidó, Juana Barraza Samperio la estranguló con un cordón; la dejó sobre la silla, con su plato de comida frente a ella. Luego revolvió la recámara buscando joyas y dinero.

Jorge Mario Tablas Silva era un comerciante ambulante que vendía chocolates o juguetes importados en la calle, de casa en casa, de negocio en negocio. Según la policía, mató a María Eugenia Guzmán Noguez, de setenta y cinco años de edad, y a Luz Estela Viveros Padilla, de setenta años. Ellas fueron estranguladas en circunstancias similares a otras doce víctimas. El 12 de septiembre de 2004, Jorge Mario Tablas Silva, de cincuenta y cuatro años, fue detenido en el Hotel Fabiola de la Colonia Obrera; se disfrazaba de enfermera, utilizaba una peluca rubia y así asaltaba a las ancianas. Si no, vestido de hombre, ofrecía préstamos del gobierno. Era “El Enfermero”, como lo conocieron los medios. La Policía Judicial lo buscaba desde 1998 por un primer homicidio. No tenía domicilio fijo. Usaba guantes de látex en sus crímenes. En su cuarto de hotel hallaron una lista con los nombres y direcciones de sus siguientes víctimas. También había un cuaderno; en la portada, escrita con grandes letras, se leía la frase: “Dios me dio la autoridad para exterminar”.

El miércoles 29 de septiembre de 2004, a las 21:15 horas, Juana Barraza llegó al domicilio ubicado en Gral. Manuel Loera nº 31, Interior 1, Colonia Daniel Garza, en la Delegación Miguel Hidalgo, para verse con Simona Bedolla Ayala, de setenta y nueve años, quien accedió a recibirla en su casa por la noche. Era una mujer conflictiva, que estaba en constante pugna con sus hermanos y sobrinos a causa de una herencia.

Juana Barraza apeló nuevamente a la historia de los apoyos económicos gubernamentales para ancianos, y luego golpeó a la mujer en el rostro. Como ella se resistió, le dio una golpiza, rompiéndole la nariz. Trató de asfixiarla con una almohada y finalmente la estranguló. Dejó el cadáver sobre la cama y, en un extraño gesto, le alzó las piernas y se las depositó sobre un taburete.

Pasó más de un mes. El domingo 24 de octubre de 2004, a las 20:40 horas, Juana Barraza abordó en la calle a María Dolores Martínez Benavides, de setenta años, ofreciéndose a ayudarla con unas bolsas. La acompañó hasta su casa, ubicada en Avenida Manuel González nº 436, Edificio 10, Entrada 6, Departamento 104, Colonia Tlatelolco, en la Delegación Cuauhtémoc. La anciana la invitó a pasar y agradecida, le ofreció un vaso de agua.

Cuando Juana Barraza estuvo segura de que no había nadie más en el lugar, la golpeó y después la estranguló con su estetoscopio. Lo hizo con tanta fuerza que le rompió el cuello. La dejó sentada en un sillón, como una muñeca deshilachada. Luego saqueó el lugar, aunque cometió un error: dejó una huella digital en la puerta de la recámara del departamento.

Atacar por la noche le había gustado. El martes 9 de noviembre de 2004 a las 21:15 horas, Juana Barraza ultimó a Margarita Arredondo Rodríguez, de ochenta y tres años de edad, en su domicilio de la calle Manuel Carpio nº 141, Colonia Santa María la Rivera, en la Delegación Cuauhtémoc. Ya habían quedado de verse desde esa tarde. La anciana se asomó a la ventana de la elegante casa y le arrojó las llaves a Juana Barraza Samperio, quien vestía pantalón blanco y una blusa amarilla.

Barraza conversó con ella, le ofreció ayuda económica como parte de un programa del gobierno, y después la golpeó. Le rompió la nariz y la boca a golpes antes de estrangularla. Dejó el cadáver sentado en un sillón de la sala, con las puntas de los pies metidas bajo un tapete. Robó joyas y dinero y se marchó, dejando la puerta entreabierta. Al otro día, la nieta de la víctima encontró el cadáver y avisó a la policía.
El 17 de noviembre de 2004 a las 02:30 horas, María Imelda Estrada Pérez, de setenta y seis años de edad, llegó a la puerta de su domicilio, ubicado en La imperial nº 54, Colonia Industrial. Aunque era ya de madrugada, iba llegando de una fiesta. Alguien tocó en ese momento. Con sólo una blusa y la ropa interior puesta, además de un collar y aretes que no se había quitado aún, fue a abrir la puerta.

Juana Barraza entró de un empujón, la tiró al piso y le dio una golpiza hasta dejarla inconsciente; después la puso sobre la cama y la estranguló. Tapó el cadáver con una colcha y se dedicó a robar las joyas y el dinero que encontró; sin embargo, no le quitó a la mujer ni el collar, ni los aretes.

Como el año anterior, Juana Barraza dejó de matar para celebrar las fiestas decembrinas con sus hijos. Fue hasta el martes 11 de enero de 2005, a las 22:45 horas, en Cumbres de Maltrata nº 258-C, Colonia Narvarte, que volvió a atacar.

Su víctima fue Julia Vera Duplan, de sesenta años de edad, a quien estranguló utilizando una pantimedia de color blanco. Robó dinero y joyas y se fue.

El 10 de febrero de 2005, fue encontrado el cuerpo sin vida de María Elena Mendoza Vallares, de cincuenta y nueve años. Le fue atribuido a Juana Barraza.



Tercer retrato robot de Juana Barraza



Pasaron dos meses. El miércoles 13 de abril de 2005 a las 19:00 horas, Juana Barraza volvió a las andadas. Ahora atacó en la Avenida 519 nº 9, Colonia Primera Sección, en San Juan de Aragón. La casa estaba habitada por María Elisa Pérez Moreno, de setenta y seis años de edad.

En la sala recibió a su asesina, conversaron y luego Barraza la estranguló con una media. La mujer se defendió y “La Mataviejitas” la lastimó para poder dominarla. Dejó el cuerpo sobre un sillón, cerca de donde se encontraba la foto de casamiento de la muerta. Luego robó lo que pudo y se marchó. Pero Barraza dejó una huella digital sobre una silla del comedor, y además fue vista por Javier García Calderón, quien dio su descripción a la policía.

El 14 de abril de 2005, ocurre el primero de los dos únicos asesinatos de ancianos, en un despacho de la Zona Rosa: Arturo Patiño Barranco, de setenta y cuatro años, es hallado muerto, estrangulado. Cinco días después, el 19 de abril de 2005, Carolina Robledo, de setenta y nueve años, murió apuñalada.

Un día después, el miércoles 20 de abril de 2005 a las 11:00 horas, sobre la Avenida México nº 145, Colonia Hipódromo Condesa, Juana Barraza Samperio “La Mataviejitas” acompañó a otra víctima que había conocido en la calle; se trataba de Ana María Velázquez Díaz, de sesenta y dos años de edad, a quien conoció en un restaurante del centro comercial Wal Mart.

Conversaron en la mesa del comedor; la mujer se quejó de la escasez de dinero y Juana le ofreció apoyos económicos. Cuando ella le estaba mostrando algunos documentos, Barraza la atrapó en la silla, estrangulándola por detrás con un cable eléctrico. Dejó el cadáver allí sentado y se dedicó a robar. Luego se fue. Fernando Hernández Jiménez, un inquilino con quien la víctima tenía problemas, fue quien encontró el cadáver y se convirtió en un primer sospechoso.

El 15 de mayo de 2005 apareció el cadáver de Delfina Quiroz de la Rosa, de setenta y seis años de edad, quien fue encontrada con un brassier en el cuello y una bolsa de plástico en la cabeza.

Cuarto retrato robot de Juana Barraza



El viernes 17 de junio de 2005, “La Mataviejitas” cometió un nuevo asesinato, esta vez en Coahuila nº 198-B, en la Colonia Roma. Celia Villaliz Morales, de setenta y ocho años, quien habitaba una enorme casa rosada, conoció a Juana Barraza en la calle.

La casa en la Colonia Roma


Ella le ofreció tramitarle una tarjeta de descuento, por lo que la anciana la invitó a su domicilio para mostrarle su documentación. Una vez dentro, Barraza la atacó. Le golpeó el rostro de manera salvaje y después la estranguló con un cordón eléctrico. Dejó el cadáver sobre la cama y le tapó las piernas con un cobertor. Después robó el dinero que encontró y se llevó además un documento con el nombre de la mujer. Cuando la policía halló el cuerpo, la cabeza de la víctima estaba totalmente negra a causa de los golpes y el estrangulamiento.

En junio de 2005, Juana Barraza visitó un domicilio de la colonia Jardín Balbuena. Cuando estaba a punto de asesinar a otra mujer, apareció uno de los hijos de la víctima con una pierna enyesada. Le pidieron a Barraza que mirara la radiografía del muchacho y ella no pudo negarse. Al tomar la radiografía, dejó una de sus huellas digitales. Luego se marchó. Días después, el miércoles 29 de junio de 2005 a las 13:40 horas, en Retorno 35 de Genaro García nº 33, Colonia Jardín Balbuena, “La Mataviejitas” encontró una nueva víctima.

Esta vez se trataba de María Guadalupe Núñez Almanza, de setenta y ocho años de edad. La anciana había cubierto el suelo de su vivienda con sábanas y jergas, ya que sufría dolores en los pies. Disfrazada de enfermera, Juana Barraza se ofreció a darle unos masajes, lo que la mujer aceptó. Se colocó en un sillón de la sala, también cubierto con trapos, momento que Barraza aprovechó para estrangularla con su estetoscopio. La dejó allí encima, con sus pantuflas cerca de los pies y los puños apretados a causa de la desesperación.

Por esos días, Juana Barraza había encontrado a un cómplice y amante ocasional: el taxista José Francisco Torres Herrera alias “El Frijol”. Él se encargaba de llevar a Barraza a los domicilios de las ancianas, esperarla mientras cometía los crímenes y después llevársela. Repartían posteriormente el botín entre los dos.

Retrato robot de José Francisco Torres Herrera “El Frijol”



El 5 de julio de 2005, aparecieron dos nuevos cadáveres: el de una mujer de sesenta y cuatro años identificada como Julia Vargas, y el de un hombre de ochenta y cuatro años cuyo nombre era Mario Cruz Flores. Fueron encontrados en avanzado estado de descomposición, lo cual impidió averiguar el motivo de su muerte.

Quince días después, el miércoles 20 de julio de 2005, en la calle Farol, Edificio 5, Entrada D, Departamento 307 de la Unidad Habitacional Narciso Mendoza, Juana Barraza golpeó y estranguló a Emma Armenta Aguayo, de ochenta años de edad.
Para ello utilizó el cordón de una bata de baño. Tiró el cuerpo a un lado de la cama, con las piernas torcidas, y revolvió la recámara buscando dinero y joyas. Dejó nuevamente sus huellas dactilares, esta vez en un frasco de loción y en un envase de plástico.

El 9 de agosto de 2005 a las 22:05, Emma Reyes Peña, de setenta y dos años de edad, quien vivía en Caporal, Andador 11, Casa nº 155, Departamento 2, Unidad Habitacional Narciso Mendoza, se encontró con Juana Barraza.

La asesina consiguió introducirse a su domicilio ofreciéndole tarjetas de descuento “otorgadas por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador”. Luego la estranguló y dejó el cadáver tirado en el suelo, boca arriba, a los pies de la cama. Revisó todas las cajas que la mujer guardaba y se llevó unas cuántas cosas.

El 11 de agosto de 2005, Carmen Sánchez Serrano, de setenta y seis años de edad, fue encontrada muerta por una contusión en la cabeza. El 14 de agosto de 2005, la Procuraduría capitalina encontró el cuerpo de Dolores Silva, de noventa y un años de edad, cuya casa fue incendiada para borrar cualquier evidencia. El lunes 15 de agosto de 2005 a las 17:25 horas, Juana Barraza le contó la vieja historia de la ayuda económica a Dolores Concepción Silva Calva, de noventa y un años de edad, quien vivía en Radio nº 7, Colonia Valle Gómez, Delegación Cuauhtémoc.

La anciana la invitó a pasar a su casa y Barraza se puso nerviosa; la atacó enseguida en la escalera de entrada, estrangulándola con una mascada blanca con lunares rojos. Revisó rápidamente la recámara y se marchó enseguida.

El miércoles 28 de septiembre de 2005. El azar hizo que llegara a la casa ubicada en la calle Carlos Pereyra nº 43, Colonia Viaducto Piedad, Delegación Iztacalco. Era propiedad de María del Carmen Camila González Miguel, de ochenta y dos años de edad.

Juana Barraza Samperio entró, haciéndose pasar por trabajadora social. Pero la mujer que allí vivía no mostró demasiado interés en lo que Barraza estaba ofreciendo; era una mujer de clase alta, su casa era amplia y no tenía dificultades económicas. La ambición hizo presa de Barraza. Con lujo de violencia, atacó a la anciana, la estrelló en el piso y después la estranguló. Se dedicó luego a buscar por todos lados, llevándose joyas y dinero en efectivo.

Pero la mujer era la madre de Luis Rafael Moreno González, uno de los criminalistas más respetados de México. Moreno González había sido Director General de Servicios Periciales de la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal en dos ocasiones. También tuvo el mismo cargo en la Procuraduría General de Justicia (PGJ) y en la Procuraduría General de la República (PGR). Había escrito varios libros y era Miembro Fundador, Ex presidente y Presidente Honorario Vitalicio de la Academia Mexicana de Criminalística; de la Academia Mexicana de Ciencias Penales; de la Academia Americana de Ciencias Forenses; de la Asociación Americana de Examinadores de Armas de Fuego; de la Asociación Panamericana de Ciencias Forenses; y se desempeñaba como Director Adjunto del Instituto Nacional de Ciencias Penales.

El criminalista Luis Rafael Moreno González



Como si fuera una burla, el mismo 28 de septiembre a las 17:00 horas, Juana Barraza atacó nuevamente. Esta vez en el Edificio Hidalgo, Entrada C, Departamento 412, de la Unidad Nonoalco Tlatelolco. Guadalupe Oliver Contreras tenía ochenta y cinco años y muchos problemas económicos; por eso se interesó tanto en la oferta de ayuda que “La Mataviejitas” le hizo tras abordarla en la calle. Barraza vestía una blusa color rosa y muchos las vieron juntas al dirigirse a la casa de la anciana; algunos pensaron que se trataba de un travesti, debido a los rasgos masculinoides y endurecidos de Juana. Una vez allí, le dio una golpiza y la estranguló con una media, dejando el cadáver sobre la cama. Luego robó el dinero que halló y se fue.

El asesinato de María del Carmen Camila González Miguel movilizó, ahora sí, a la policía. Comenzaron más detenciones, interrogatorios, búsquedas. Detener a la asesina serial era la prioridad. Aunque inicialmente el Gobierno del Distrito Federal trató de ocultar que se trataba de crímenes seriales, tuvieron que reconocer que existía un criminal que estaba superándolos y al cuál eran incapaces de atrapar, a pesar de existir testigos, huellas dactilares, descripciones, retratos robot y un reguero de cadáveres. Como en casi todas las ocasiones, la policía demostraba su ineptitud. No se ponían de acuerdo si buscaban a un hombre disfrazado, a una mujer, a un travesti, a una banda organizada o a un solitario homicida. Por si esto no fuera suficiente, cometieron innumerables abusos en su cacería del asesino serial. La Procuraduría detuvo y fichó a cincuenta travestis que se dedicaban al sexoservicio en la Ciudad de México, porque suponían que el homicida era homosexual, en virtud de que las descripciones de testigos hacían suponer que era un hombre disfrazado de mujer. Alrededor de treinta travestis y transgéneros hicieron un plantón frente a la CDHDF para protestar por ese abuso de los policías, quienes además les robaron dinero, alhajas y celulares. La Procuraduría también puso de carnada a ancianas en jardines y otros lugares públicos para atraer a “La Mataviejitas”. El procurador Bernardo Bátiz lo negó, pero una anciana llamada María de la Luz declaró que los agentes le pagaban de $100.00 a $200.00 pesos por arriesgar su vida. Por otra parte, Alberto Vargas Ríos y Miguel Angel Maya Guerrero asesinaron el 16 de mayo de 2005 a Delfina Quiroz de la Rosa, de setenta y cinco años de edad, en su departamento de Iztapalapa. La policía los capturó dos días después. El 18 de octubre de 2005 a las 14:40 horas, en la calle Ingenieros nº 44, Interior 2, de la Colonia Escandón, Barraza golpeó salvajemente a María de los Ángeles Repper Hernández, de noventa y dos años de edad.

La lucha terminó en la recámara, donde la anciana murió estrangulada con una bufanda de color azul oscuro. Su cadáver quedó recargado en una cómoda, con una pierna rota y doblada en una grotesca posición debajo de su cuerpo. Su casa fue saqueada. Al salir, la asesina dejó la puerta abierta.

La policía le cargó el crimen a Oliver Guzmán López, acusado de ser cómplice en los asesinatos. Aunque mostró pasajes de avión que demostraban que él estaba en Philadelphia en el momento de los asesinatos, lo retuvieron y golpearon para que confesara su participación. Una anciana de ochenta y siete años, sostuvo que él se quería meter a su casa, pero ella misma lo sacó porque sabía karate y lo correteó. Oliver Guzmán dio permiso a la policía para que catearan su casa, ubicada en Iztapalapa, sin permiso del juez. Se llevaron varias pertenencias personales, como fotos. Detuvieron a su hermano dos días, le tomaron sus huellas y después lo soltaron. Mucho tiempo después, con la detención de Juana Barraza, se levantó el arraigo de Oliver Guzmán porque no tenía nada que ver con ella. Pero nadie le pidió una disculpa. “Nada más me dijeron que yo seguía en investigación y se fueron”.

Oliver Guzmán López


Todo terminó el 25 de enero de 2006. Barraza se descuidó; el final llegó en la casa ubicada en José J. Jasso nº 21, Colonia Moctezuma, 1ª Sección, en la Del. Venustiano Carranza. Allí habitaba Ana María de los Reyes Alfaro, de ochenta y cuatro años, quien se convertiría en la última víctima de “La Mataviejitas”. La psicóloga Feggy Ostrosky-Solís narra en su libro Mentes criminales la última jornada de Juana Barraza Samperio:

“Juana escuchó en las noticias radiofónicas la descripción que se hacía del ‘Mataviejitas’, nombre que los periodistas habían dado al asesino que tenía de cabeza a las corporaciones policíacas y que, en unos cuantos meses, había acabado con la vida de al menos diez ancianas en distintos sectores de la Ciudad de México. Los pocos indicios existentes señalaban la posibilidad de que el asesino fuera un hombre joven, presumiblemente disfrazado de mujer o de enfermero, que astutamente lograba convencer a las ancianas para que lo dejaran entrar en sus casas. Una vez en el interior, las estrangulaba utilizando un cable o una mascada. Más o menos a la misma hora en la que Juana por fin salió de su casa, en Iztapalapa, al oriente de la ciudad, Ana María, una viuda de 84 años, preparaba el desayuno a su joven inquilino en una colonia vecina. El ingreso que Joel López le proporcionaba desde hace algunos meses ayudaba a la solitaria anciana a complementar su exigua pensión. Después de tomar el café, cada uno se dirigió a sus labores del día. Joel a cumplir con su trabajo de mesero en un restaurante cercano y Ana María a realizar las compras en el mercado. Alrededor de las 11:00 de la mañana, Juana merodeaba por la calle José Jasso. Fue entonces cuando vio a la viuda que regresaba del mandado, ligeramente encorvada por el peso de las bolsas y caminando con un paso difícil. Juana se acercó a ella y le ofreció su ayuda con simpatía. La anciana aceptó. Una vez en el interior del departamento, Juana le comentó que se dedicaba a hacer servicios de lavado y planchado de ropa a destajo. La anciana ofreció pagar $22.00 pesos por la docena de prendas, a lo que Juana replicó que era muy poco dinero. Como respuesta sólo escuchó que Ana María refunfuñaba: ‘Así son siempre las gatas, quieren ganar demasiado’.

“Las palabras de la anciana accionaron de inmediato la ira de Juana (…) un furioso mecanismo que no podía ser detenido con nada, salvo con el sufrimiento de aquellos que merecían ser castigados, aquellos que habían cometido la osadía de humillarla y hacerla sentir que no valía nada. Con un movimiento rápido se hizo de un estetoscopio que había sobre la mesa, y con la misma destreza se colocó por detrás de la anciana. Ana María apenas tuvo una mínima posibilidad de reaccionar, pero sus fuerzas nada podían hacer contra la corpulencia de Juana, quien la dominó rápidamente, y utilizando el cordón de caucho, rodeó el cuello de su víctima y con firmeza la fue privando del aire. Todavía excitada y jadeante, Juana paseó la mirada por el hogar de la anciana, buscando quizá algo de valor, pero sobre todo haciendo tiempo para intentar dotar de aire a esa incomprensible bestia interna que solía despertar de vez en cuando. Sin siquiera voltear a ver a su víctima, se dirigió a la puerta y emprendió la huída. Pero, para su mala fortuna, en el preciso momento en que salía del edificio, regresaba Joel. El casual encuentro con el inquilino fue inevitable. Juana ladeó la mirada y siguió de frente. Un poco sorprendido por la situación, pero todavía sin sospechar la magnitud de la tragedia, Joel entró a la casa. Ahí fue donde encontró a su casera tendida sobre el piso, con la cabeza reposada sobre un pequeño charco de sangre que le salía de uno de los oídos.

“Su reacción fue inmediata. Corrió hacia el exterior y casi dio alcance a la asesina, que se encaminaba con calma a la estación del metro. Joel comenzó a gritar desesperado. Dos uniformados que patrullaban la zona atendieron con rapidez el llamado y lograron sin mayor dificultad la captura de la homicida. Los transeúntes no tardaron en formar un tumulto en el cual corrió como fuego el rumor de que finalmente habían detenido a ‘La Mataviejitas’.

El arresto de “La Mataviejitas”


“Juana miraba aturdida la situación desde la ventanilla de la patrulla. En el momento de su detención vestía un pantalón negro y una sudadera roja, en la que se disimulaban las salpicaduras de sangre que habían caído sobre ella unos minutos antes”.

Su cómplice, el taxista José Francisco Torres Herrera “El Frijol”, había huido al darse cuenta de la situación. Sería detenido días después. En el transcurso de las actividades criminales de “La Mataviejitas”, las autoridades policiacas fueron duramente criticadas por los medios de comunicación puesto que, todavía a finales de 2005, asumían un sensacionalismo mediático respecto a un asesino en serie. Así mismo, se criticó el hecho de que el asesino era buscado, tal vez inútilmente, entre las prostitutas y travestis de la Ciudad de México.

Juana Barraza Samperio es presentada ante los medios de comunicación

Durante la cacería de la asesina, Bernardo Bátiz, entonces Procurador de Justicia de la Ciudad de México, había indicado que el asesino era “brillantemente listo, que cometía sus crímenes después de un corto período durante el cual se ganaba la confianza de sus víctimas”.

La búsqueda de la asesina fue complicada debido al cúmulo de evidencias contradictorias. En un punto de la investigación, la policía conjeturó que eran dos o más asesinos los que podrían estar implicados. También se puso singular atención en la extraña coincidencia de que por lo menos tres de las víctimas del asesino poseían una copia de una pintura del siglo XVIII, Niño con chaleco, del artista francés Jean-Baptiste Greuze.

La pintura de Jean-Baptiste Greuze

Antes de la captura de Juana Barraza Samperio, las autoridades mexicanas divulgaban declaraciones de testigos que señalaban que el asesino usaba ropa de mujer para acceder a los apartamentos de las víctimas. En uno de los casos, uno de los testigos observó a una “mujer grande con una blusa roja” salir del hogar de una de las mujeres asesinadas.

Al catear su casa, ubicada en la calle de Abetos, Colonia Izcalli, municipio de Ayiotla, en el Estado de México, las autoridades encontraron diversos recortes de periódicos sobre sus ataques. Aunque no sabía leer ni escribir, guardaba las notas que los medios publicaban sobre sus asesinatos. Allí mismo tenía objetos que pertenecían a las víctimas, sus “trofeos”. Luego declararía que pasaba horas en una habitación cerrada de su domicilio, contemplando y acariciando aquellos recuerdos.
En su casa también había un altar a la Santa Muerte, con una serpiente y una manzana como ofrendas. A un costado había otras dos imágenes: un cuadro de Jesús Malverde, el santo de los narcotraficantes, y una figura similar a Buda. A los pies de esta última algunas piedras de cuarzo y caracoles y enfrente una especie de barril pequeño con la leyenda “Para la abundancia”.

En la pared de tabique rojo colgaba un cuadro: la fotografía de Juana Barraza Samperio con su disfraz de luchadora, con su atuendo de “La Dama del Silencio”, orgullosa, con un cinturón de campeona y enfundada en su traje rosa y sus botas blancas. También había algunas fotos de sus hijos.

Entre su ropa estaba una bata blanca del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y un par de zapatos blancos, así como un estetoscopio: el disfraz que en ocasiones usaba “La Mataviejitas” para acercarse a sus víctimas. El cateo duró tres horas.

Tras la caída de Barraza, su comadre Araceli Tapia fue también arrestada; se le consignó al penal de Santa Martha Acatitla por el delito de robo.

Juana Barraza confesó que odiaba a las mujeres de la tercera edad: “Al verlas sentía mucho coraje y más cuando demostraban superioridad o creían que por su dinero me podían humillar”.

Se ha estimado que el número total de sus víctimas es de cuarenta y ocho. El 31 de marzo de 2008, el Juez 67 de lo penal, con sede en Santa Martha Acatiltla, dictó sentencia en su contra, al condenarla a 759 años y 17 días de prisión por diecisiete homicidios y doce robos cometidos en agravio de ancianas.

En el año 2056, Barraza podrá solicitar libertad bajo fianza, aunque en ese momento, si aún vive, rondará los cien años de edad.

Ya en prisión, Juana Barraza Samperio se integró a la vida carcelaria sin problemas. Se dejó crecer el cabello y tomó un look más femenino.
Estuvo durante siete días bajo estudios psiquiátricos a cargo del equipo de colaboradores de Feggy Ostrosky-Solís, directora del Laboratorio de Neuropsicología y Psicofisiología de la Facultad de Psicología de la UNAM, en los que mostró poca variación sensorial respecto a imágenes agradables, desagradables y neutrales que le mostraron.

Durante las sesiones mostró una leve sonrisa, la misma que tenía después de su captura, cuando mostró a policías judiciales la manera en que asesinaba a sus víctimas.
Juana Barraza se hizo amiga de las otras reclusas. Una de sus amigas era Sara Aldrete “La Narcosatánica”, quien comenzó a alfabetizarla. Juana Barraza aprendió a leer y a escribir gracias a ella. También se dedicó a hacer manualidades, sobre todo rafia.

Lista de víctimas atribuidas oficialmente a Juana Barraza Samperio (click en la imagen para ampliar)



Por otro lado, Barraza también ayudó al control del mercado negro de medicinas, controlado por Sara Aldrete. Entre las dos, le vendían medicamentos a las demás reclusas y, según algunas fuentes periodísticas, se reunían a cenar en pequeños festejos que eran dignos de una fotografía: sentadas a una misma mesa, Sara Aldrete “La Narcosatánica”; Juana Barraza Samperio, “La Mataviejitas”; Sandra Ávila Beltrán, “La Reina del Pacífico”; Cantalicia Garza Azuara, “La Reina del Golfo”; y María Esther Resano González, “Doña Bomba”.
Todas ellas eran amigas y controlaban la cárcel de Santa Martha Acatitla, disfrutaban de privilegios y, según rumores, conversaban animadamente sobre sus pasados delictivos al calor del tequila y la buena comida que, gracias a sus influencias, introducían en la prisión.

Cuadro sinóptico sobre Juana Barraza Samperio (click en la imagen para ampliar)

Su figura inspiró películas, videohomes, canciones, chistes y la inclusión de un personaje similar en la serie de televisión Capadocia. Pero sobre todo, cambió para siempre la perspectiva existente en México acerca de los asesinos en serie.




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