viernes, 10 de abril de 2015

Asesinos Seriales: Los Narcosatánicos - Sara Aldrete y Jesús Constanzo

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La Nota Roja o policíaca en México ha llegado a trascender internacionalmente en muy pocas ocasiones, ni siquiera nuestro asesino en serie intelectual Goyo Cárdenas ha logrado colarse a las listas de casos sangrientos a nivel mundial. Quizás el único caso criminal ocurrido en nuestro país que ha ocupado sitios estelares en la prensa internacional sea el de «Los Narcosatánicos», banda liderada por el cubano Adolfo de Jesús Constanzo y la México-norteamericana Sara Aldrete, quien actualmente se encuentra presa en el Reclusorio Femenil Oriente.
Los narcosatánicos, pero principalmente la imagen de Constanzo, aparecen en casi todos los recuentos sobre el crimen serial en el mundo y en las publicaciones sobre sacrificios rituales de tintes diabólicos, incluso la publicación española Sumario del Crimen, dedica una portada y una de sus ediciones al caso de los asesinatos en Matamoros (Sumario del Crimen, No. 52, «Jim Jones y Adolfo Constanzo», 1990). Sara Aldrete ha sido catalogada por la prensa nacional e internacional como una tremenda sacerdotisa del mal e inspiró la novela de Barry Gifford: Perdita Durango, posteriormente llevada al cine bajo la dirección del español Alex de la Iglesia.





Sobre lo ocurrido en el mes de abril 1989 en el rancho Santa Elena de Matamoros y en la capital de México se ha escrito mucho, pero también se han escondido demasiados nombres y dado versiones encontradas entre quienes se han encargado de realizar las crónicas del caso y sus protagonistas.
Lo mismo encontramos relatos escandalosos en que los narcosatánicos aparecen como verdaderos demonios, que investigaciones periodísticas en las que se pone en evidencia los claros huecos, torturas y fabricación de culpables durante el proceso judicial. Sin embargo, en este caso que nunca ha llegado a aclararse por completo, mientras más obscena resulte la cronología más atraerá al público. Lo único cierto a más de 15 años de los hechos es que Jesús Constanzo está muerto y Sara Aldrete sigue pagando su participación y relación sentimental con el santero cubano. Los narcosatánicos que aun viven se encuentran en cárceles mexicanas cumpliendo largas condenas por el homicidio de 14 personas, posesión ilegal de armas, asociación delictuosa, homicidio y narcotráfico.

Un poco de historia

Una revisión de rutina en la frontera México - Estados Unidos se convirtió en el principio del fin para la banda de Constanzo, la camioneta Chevrolet Silverado placas 106SRP fue interceptada por la policía mexicana, en ella encontraron algunos kilos de marihuana y a un despreocupado David Serna quien conducía el vehículo pero presumía de ser inmune ante las balas de sus perseguidores, en más de una ocasión mencionó una especie de protección que lo mantendría avante. Serna encaminó a sus captores hacia al desolado rancho Santa Elena donde se llevarían una sorpresa al encontrar kilos de droga, armas y potentes y bien equipados vehículos. Al mismo tiempo la policía del estado buscaba desesperadamente al estudiante norteamericano Mark Kilroy, el gobierno del estado de Texas tenía varias semanas presionando a su vecino de Matamoros pidiéndoles esclarecer su paradero. Durante el cateo realizado por la Policía Federal al rancho Santa Elena el 11 de abril de 1989 se realizó el más grotesco hallazgo en la historia del crimen en México: fueron hallados los restos de 14 personas, algunos de ellos habían sido prácticamente descuartizados, era notorio que fueron desangrados y finalmente sacrificados durante la práctica de algún rito satánico; se encontraron varios instrumentos tradicionales en la práctica de la santería, velas, colillas de cigarro, restos de animales, ropa teñida con sangre, aguardiente, cuchillos y machetes.
Los propietarios del rancho, Elio y Serafín Hernández, dos traficantes de droga en la región, mencionaron la existencia de un «padrino» que los protegía gracias a su religión, palabras que coincidieron con las de David Serna; para la autoridad mexicana parecía todo listo y preparado para un gran escándalo que de paso los ayudaría a esclarecer algunos viejos casos como la desaparición del texano Mark Kilroy.
El padrino de quien todos hablaban fue identificado como Adolfo de Jesús Constanzo, nacido el 1° de noviembre de 1962 en Miami y descendiente de cubanos practicantes de la santería, su madre era sacerdotisa del Palo Mayombe al igual que su abuela lo fue en la isla. Después de vivir en Puerto Rico y Estados Unidos los Constanzo arriban a México en 1983 donde aparte de trabajar como modelo empieza a ganarse una enorme fama como médium, santero y curandero, reputación que lo lleva a realizar trabajos para gente cada vez más importante y de prestigio social en la capital del país, entre sus clientes se ha insinuado que se encontraban las actrices Irma Serrano y Yuri, así como el peinador Alfredo Palacios. Es sabido que algunas altas esferas del poder político e importantes jefes policíacos figuraban entre sus protegidos.
El otro personaje central en este caso es la ahora escritora Sara Aldrete, nacida el 6 de septiembre de 1964 en Matamoros, buena parte de su educación académica la realizó en los Estados Unidos donde estudió educación física y danza. Sara narra en su libro «Me dicen la narcosatánica» (Editorial Colibrí, México, 2002) que nunca tuvo una relación sentimental con Adolfo, que se conocieron en Matamoros y que jamás participó en alguno de los sacrificios de los que se le acusara posteriormente, de hecho relata que supo de los homicidios hasta que Jesús la secuestra y junto a ella escapa de la persecución policíaca que a final de cuentas terminaría con la muerte de el Padrino.
Aldrete relata las terribles torturas psicológicas, físicas y sexuales con las que le fueron arrancadas algunas declaraciones, la forma en que la policía preparó todo para inculparlos y fabricó los supuestos altares que usaban Sara y cómplices para la práctica de la magia negra. No niega su interés y respeto por la práctica de la santería, interés que la lleva a conocer a Constanzo, dice haber participado en una ceremonia de iniciación; pero sobre los asesinatos no hay una sola palabra de responsabilidad.



Los hechos

Aunque no se sabe que tan cierta es la responsabilidad de Constanzo en los homicidios de Matamoros, hay un asesinato del cual si es culpable; un travestí conocido como «Claudia Ivette» es asesinado, descuartizado con una segueta, le arrancan los ojos, le arremangan la piel, meten los trozos de su cuerpo en una bolsa y lo arrojan a un lote baldío, éste es el único crimen que se le pudo demostrar al temido Padrino.
Durante la persecución de tres semanas sufrida por Adolfo, Sara, Álvaro Valdez («el duby») y Martín Quintana a lo largo de las carreteras circundantes de la capital mexicana, los entonces prófugos lograron resistir gracias a la ayuda de los ahijados de Constanzo, entre ellos algunos jefes policíacos que le advertían donde estaban los retenes que los buscaban. Sara Aldrete ha declarado que los ahijados les habían conseguido pasaportes falsos y la ruta para salir del país, todo estaba listo para escapar del escándalo, pero Sara ya se las había ingeniado para pedir ayuda, la policía llegó al departamento marcado con el número 11 en Río Sena 19, colonia Cuauhtémoc.
A final de cuentas, Sara fue la perdición de la banda, ¿por qué la supuesta sacerdotisa entregaría a sus discípulos y a su maestro?
El 5 de mayo de 1989 se lleva a cabo el último enfrentamiento entre los narcosatánicos y la policía. Gracias a una nota de auxilio entregada por Sara a uno de sus vecinos los agentes dieron con el domicilio de la banda, al llegar fueron recibidos con una ola ráfaga de AK-47 y una lluvia de dólares que provenían de la ventana del departamento 11. Los santeros estaban en franca desventaja pero no se entregarían, Sara vio por última vez con vida al Padrino mientras intercambiaba balas con sus perseguidores, días después se enteraría por la prensa de un supuesto pacto suicida con Martín Quintana. Aldrete supuso que la balacera era sinónimo de rescate, ella se sentía secuestrada por Adolfo. Sin embargo, más que rescatarla fue detenida y conducida a un sinnúmero de acusaciones y vejaciones por parte de las autoridades.


Adolfo de Jesús Constanzo – El Narcosatánico









Este cruel narcotraficante era el líder de una secta satánica que torturaba y asesianaba a sus víctimas en medio de sangrientos rituales. Estre los seguidores de su secta, al parecer existían personajes de gran importancia.


El Narcosatánico de Matamoros



Desde el rancho Santa Elena (arriba), Adolfo y su banda transportaban semanalmente una tonelada de marihuana al país vecino. Pero el lugar no era sólo un centro de distribución de drogas. En 1989 fueron acusados de asesinar a más de 12 personas en rituales afroamericanos

Desde el rancho Santa Elena, en la ciudad fronteriza de Matamoros, México, Adolfo de Jesús Constanzo y su banda transportaban semanalmente una tonelada de marihuana al país vecino… pero el lugar no era sólo un centro de distribución de drogas. En 1989 fueron acusados de asesinar a más de una docena de personas durante unos rituales de Palo Mayombe, un culto afroamericano.
Los “narcosatánicos” habían convertido el rancho en una verdadera casa de los horrores. El 9 de abril de 1989, la policía mexicana detiene en un rutinario control la camioneta que conducía David Serna Valdez, de veintidós años, a la altura del kilómetro 39 de la carretera de Matamoros a Reynosa en el rancho Santa Elena. En ella se encuentran restos de marihuana y una pistola calibre 38, por lo que el joven conductor es detenido. Tras unas horas de interrogatorio confiesa que pertenecía a una secta de “magia negra” y que utilizaban el rancho para realizar sus sacrificios rituales con seres humanos, además del narcotráfico.
Estas sorprendentes confesiones obligan a la policía a registrar el rancho, hallando allí otros ciento diez kilos de marihuana… y algo macabro: un caldero de hierro de hedor pestilente que contenía sangre seca, un cerebro humano, colillas de cigarros, 40 botellas vacías de aguardiente, machetes, ajos y una tortuga asada. Alrededor de la casa, una fosa común con doce cadáveres descuartizados, a los que les habían extirpado el corazón y el cerebro en algún extraño ritual.


Mark Kilroy, estudiante de Medicina al que le habían amputado las dos piernas y extirpado el cerebro, y con parte de cuya columna vertebral el líder del grupo se había fabricado un alfiler de corbata que le servía de amuleto…


Entre ellos se hallaba el cuerpo de Mark Kilroy, un estudiante de medicina desaparecido en marzo de 1989 al que habían amputado las dos piernas y extirpado el cerebro, y con parte de cuya columna vertebral el líder del grupo se había fabricado un alfiler de corbata que le servía de amuleto.
Los agentes de la policía judicial detienen a un grupo de personas implicadas, quienes confiesan haber matado a esos individuos por orden del Padrino Adolfo de Jesús Constanzo, de veintisiete años de edad e hijo de un americano y una cubana practicante de la Santería y Palo Mayombe, en cuyas artes mágicas había sido iniciado desde que tenía tres años.
En 1980, Constanzo comienza a vender sus servicios como mayombero en Miami, trasladándose posteriormente a México en donde tiene un gran éxito con sus trabajos de magia negra. Su excelente reputación entre las altas esferas le sería debida a los poderes mágicos que le eran atribuidos, al misterio que continuamente le rodeaba y a su carismática personalidad.
Los rituales de purificación o limpias (ceremonias para limpiar malas energías negativas) y de protección, le proporcionan de ocho mil a cuarenta mil dólares entre sus clientes, la mayoría, importantes personalidades americanas.



Sara Villarreal Aldrete (cómplice de Adolfo) en su rito de iniciación

Ávido por obtener más poder comienza a efectuar sacrificios en sus rituales, para dar mayor sensacionalismo y espectáculo, siempre ayudado por una joven divorciada que se convertiría en su musa y amante, la estudiante norteamericana de veinticuatro años Sara Villarreal Aldrete.
Sara se convierte en gran sacerdotisa del culto y participa activamente en todas las sangrientas ceremonias, además de reclutar a nuevos miembros y explicarles las actividades de la secta.
Adolfo convence a los demás adeptos que serán completamente invulnerables a las balas y que tendrán el poder de hacerse invisibles si siguen al pie de la letra sus instrucciones: confeccionar una ganga o caldero mágico con unos ingredientes especiales, además de secretos, en los ritos de Palo Mayombe, como son la sangre y algunos miembros humanos mutilados, preferentemente cerebros de criminales o locos, a ser posible de hombres de raza blanca, pues supuestamente éstos son más influenciables por el verdugo (para el asesino la tortura a la víctima es un factor muy importante, pues el alma de la víctima debe aprender a temer a su verdugo por toda la eternidad con el fin de hallarse para siempre sujeta a él).



Adolfo convence a sus adeptos de preparar la nganga (arriba), un caldero en que hacían mezclas con sangre, cerebros y otros elementos de humanos previamente torturados. Supuestamente, al beber la mezcla adquirirían invisibilidad e invulnerabilidad a las balas.


El rito termina cuando los participantes beben la sopa del caldero formada con la sangre de la víctima, su cerebro y los demás elementos que completan la siniestra ganga… lo cual les dará todo el poder que los criminales deseen.
Los detenidos revelaron además la existencia de otras sedes del grupo en otras ciudades mexicanas, en las que se descubrieron más delegaciones y sucedieron una serie de aprehensiones.
A partir de ese momento más de trescientos policías participan activamente en la búsqueda de Constanzo y sus seguidores más próximos: Sara Aldrete, Alvaro de León Valdez, Omar Francisco Orea y Martín Quintana, quienes emprenden una huida durante tres semanas por todo México.
Constanzo intenta negociar con las autoridades mexicanas amenazando con revelar todos los nombres de los personajes conocidos que participan en su culto, pero esto pesa poco comparado con la atrocidad de sus crímenes y la policía se muestra intransigente. Dichas negociaciones se mantuvieron en secreto durante mucho tiempo, por lo que más tarde saldría a la luz pública: que numerosos policías habrían estado implicados en la secta.
Sintiendo que el fin de sus crímenes estaba cerca, Adolfo y sus cómplices se refugian en una mansión de las más lujosas del Obispado de Monterrey, protegida con un circuito cerrado con seis cámaras que vigilaban el jardín y accesos a la vivienda.



Cuando la Policía cercó a Adolfo y sus adeptos, éste pidió a un socio que le dispare (arriba, su cadáver) con una ametralladora, el socio cumplió y luego se suicidó pues tenían un pacto.



Mientras éstos eran perseguidos, las detenciones en distintas ciudades con narcosatánicos se multiplicaban. Finalmente, el 6 de mayo son descubiertos en el Distrito Federal por algunos agentes de la policía judicial que se hallaban registrando la zona y, sintiéndose acorralados, los cómplices del Padrino comienzan a dispararles desde la ventana de un edificio ubicado en la calle Río Sena de la Ciudad de México.
Al momento se presentan varias patrullas de refuerzo que pueden acercarse y llegar hasta el cuarto piso, desde donde disparaban. Dentro se encontraban Constanzo y los demás, quienes habían hecho un pacto de suicidio mutuo si no lograban deshacerse de los policías.
Al ver Constanzo la gran cantidad de agentes que les rodeaban y ganaban terreno a cada paso, desesperado, ordena a su compañero Valdez que le dispare con una ametralladora que le tiende, y Quintana, fiel a su líder decide suicidarse con él. Ambos se meten en un armario ordenando disparar a Valdez. Instantes después son detenidos sólo tres supervivientes, contabilizándose unos quince seguidores fieles de estos sangrientos cultos.



Sara contó de un caso en que un miembro de la secta mantuvo a la víctima viva después de haberle cortado el pene, las piernas y los dedos de las manos, tras lo que le abrió el pecho de un machetazo y le agarró el corazón sin desprenderlo, mordiéndolo mientras el moribundo lo miraba agonizante. 

Según las aterradoras declaraciones de Sara a la policía, desde que conoció a Constanzo mantuvo una doble vida comportándose como una chica normal con sus amigos y familia, y como una fría asesina por otro. Ella misma llegó a torturar a algunas víctimas, entre ellas Gilbert Sosa, un traficante de drogas. Delante de los demás miembros del culto ordenó que se le colgase del cuello, con las manos libres para que pudiese sobrevivir agarrándose a la cuerda. Luego lo sumergió en un barril de agua hirviendo, mientras le arrancaba los pezones con unas tijeras.
Confesaría además otros crímenes brutales, como en el que uno de los miembros de la secta mantiene a la víctima con vida después de haberle cortado el pene, las piernas y los dedos de las manos. Le abre el pecho de un machetazo y le agarra el corazón sin desprenderlo, lo muerde a dentelladas mientras el moribundo lo mira agonizante.
Más tarde negaría su participación en los desquiciados rituales, asegurando que el Padrino la retuvo contra su voluntad al haberse descubierto la matanza de Matamoros.

En la actualidad Sara Aldrete Villarreal purga una pena de cincuenta años por homicidio, sin siquiera saber que su historia ha inspirado la “Perdita Durango” de Alex de la Iglesia, película estrenada en septiembre de 1997.

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